Latinoamérica en disputa
EL DESAFÍO DE FRENAR EL NUEVO PLAN CÓNDOR NEOLIBERAL
Un recorrido por la región para comprender por qué las elecciones en Brasil y en Estados Unidos tienen repercusiones directas en la vida política de todo el continente.
Latinoamérica en disputa
EL DESAFÍO DE FRENAR EL NUEVO PLAN CÓNDOR NEOLIBERAL
Un recorrido por la región para comprender por qué las elecciones en Brasil y en Estados Unidos tienen repercusiones directas en la vida política de todo el continente.
El calendario electoral que se viene, con las elecciones en Brasil y Estados Unidos, puede abrir nuevamente el camino hacia la búsqueda de soberanía o profundizar un escenario de fragmentación territorial, remate de recursos estratégicos y destrucción de los derechos de los pueblos.
Lo que está en disputa excede cada elección nacional. Una vez más, América Latina enfrenta una pulseada entre proyectos políticos contrapuestos y la posibilidad de recuperar una perspectiva común frente al avance de una nueva ofensiva neoliberal.
En la puja de poder entre el imperio y el pueblo nuestro continente siempre funcionó con una dinámica similar: cuando en Argentina o Brasil se impone un gobierno alineado con Inglaterra o Estados Unidos, resulta difícil que el resto de las naciones pueda sostener un camino diferente.
Uno de los antecedentes más recientes fue la elección argentina de 2015 que, con la victoria de Mauricio Macri, puso fin al gobierno justicialista. Luego llegaron el golpe de palacio contra Dilma Rousseff en Brasil, la prisión de Lula y el comienzo de la era bolsonarista.
En Ecuador, la victoria de Lenín Moreno significó la llegada al poder de quien terminaría funcionando como un verdadero caballo de Troya. El rumbo que tomó su gobierno tuvo entre sus consecuencias el exilio de Rafael Correa y la persecución de distintos referentes de la Revolución Ciudadana.
A esto debe sumarse el asedio al que fue sometida Venezuela durante todos esos años, con bloqueos, intentos de golpes de Estado —incluido el atentado contra Nicolás Maduro— y el cuestionable posicionamiento que adoptaron ante cada victoria venezolana algunos de quienes debían ser defensores de aquel proyecto en el resto de la región y que incluso se habían beneficiado con el petróleo barato.
Pero sonó la campana. Después del gancho al hígado, recuperamos aire al finalizar el round y renació la esperanza: la libertad de Lula, la victoria del Frente de Todos en 2019, la caída de Piñera y el triunfo de Boric en Chile, el resguardo de la vida de Evo Morales, la consolidación de MORENA en México, la victoria de Gustavo Petro en Colombia y la inclaudicable lucha del PSUV venezolano, que resistió al imperialismo y al Grupo de Lima.
Sin embargo, para buena parte de la opinión pública latinoamericana, todo ese proceso no cumplió con las expectativas de una recuperación en tiempo récord frente al desastre neoliberal heredado: las realidades de nuestros países tuvieron que navegar la difícil realidad de deudas impagables, salarios pulverizados e infraestructura al borde del derrumbe.
A ello se sumó un problema central: la falta de una verdadera unidad política entre los gobiernos de la región. Así, ni siquiera logramos asomarnos nuevamente al sueño de una Patria Grande unida, capaz de romper definitivamente con ese péndulo.
De ese recorrido nos quedó quizás lo peor: el representante local de los intereses extranjeros ya no es necesariamente aquel dirigente conservador, de traje y formas tradicionales, que reivindicaba a las figuras históricas alineadas con Inglaterra o Estados Unidos. Tampoco se limita a quienes, como planteaba el periodista Mariano Grondona, pretendían instalar la idea de que Argentina debía convertirse en una especie de Europa en América.
Ahora surgió un grupo de dirigentes sin respeto por la historia, que parecen considerar que la vida de determinados sectores de la sociedad tiene cada vez menos valor. Gobiernos que no solo discriminan a los grupos más necesitados a través de sus políticas, sino que además los desprecian discursivamente y los reprimen cuando salen a protestar.
A esto se suma el sometimiento a Israel y Estados Unidos, expresado en actos de entrega que ponen de manifiesto el carácter vendepatria de gobiernos cuyo horizonte último parece ser la fragmentación territorial y la colocación del cartel de venta sobre regiones que concentran recursos estratégicos.
En nuestro país gobierna Javier Milei. Sin necesidad de profundizar demasiado en las consecuencias de su gestión, conocidas especialmente por quienes las padecen cotidianamente en Argentina, encabeza un gobierno atravesado por una espiral de ajuste y violencia, mientras crece el peligro sobre la desintegración territorial de la patria.
Su alineamiento con Netanyahu y Donald Trump lo convierte en una expresión extrema de aquel proyecto liberal histórico que buscó imponer sus intereses en nuestro país.
A este escenario se suma una oposición sin cohesión y la persecución política contra Cristina Fernández de Kirchner, que terminó con una injusta condena del Poder Judicial.
En Chile asumió en marzo de este año José Antonio Kast, un liberal hijo de un alemán que huyó de Alemania después del nazismo y hermano de un ministro de Pinochet. Su proyecto no solo pretende profundizar el ajuste de las cuentas públicas luego de la experiencia fallida del gobierno de la coalición de izquierda, sino que además cuestiona derechos argentinos sobre la Antártida y la Patagonia y amenaza con reavivar viejos conflictos territoriales.
En Ecuador ganó Noboa, con características similares a lo que Jorge Beinstein definió como “lumpenburguesía” al analizar el fenómeno macrista. Se trata de un presidente proveniente de una familia multimillonaria vinculada al comercio bananero. Durante su gobierno, además de las denuncias de fraude, continúa el lawfare en un escenario atravesado por una crisis sin precedentes, con sectores ligados al narcotráfico, zonas liberadas y el desfinanciamiento de programas de asistencia e integración social.
En Perú ganó por escasos votos Keiko Fujimori. Las coincidencias con el resto de estos actores políticos aparecen rápidamente: su familia está profundamente vinculada a las políticas de ajuste y al terrorismo de Estado.
En Colombia, la abrupta derrota del candidato de Petro devuelve al país a una tradición histórica de subordinación y alineamiento con el Ejército norteamericano, estrechamente ligada a las operaciones militares de Estados Unidos sobre los territorios vecinos.
En Brasil, el sistema electoral establece que quien supere el 50% de los votos accede a la Presidencia sin necesidad de una segunda vuelta. En la contienda del 4 de octubre de 2026, la disputa tendrá como protagonistas a Lula da Silva y Flávio Bolsonaro.
Lula encabeza una presidencia que ya mostró sus pergaminos. Devolvió a Brasil a la discusión mundial y busca consolidar al país como una potencia y como uno de los principales motores de Sudamérica. Ahora pretende ser reelegido después de haber atravesado el lawfare y años de proscripción política.
Hay además un dato que no puede soslayarse: el pueblo brasileño ya pudo comparar lo que significó el país con Lula en el gobierno y lo que ocurrió cuando estuvo alejado del poder. Sin embargo, todavía permanece pendiente la construcción de una figura política capaz de contener en el futuro ese enorme caudal electoral.
Enfrente estará Flávio Bolsonaro, uno de los hijos de Jair Bolsonaro, quien se encuentra inhabilitado por la Justicia a raíz de su intento de desestabilización al comienzo del actual mandato.
Estados Unidos, con su particular sistema político, también tendrá durante 2026 una elección determinante. La elección legislativa puede convertirse en un freno al poder de Donald Trump y, de ocurrir, alterar no solo la política interna norteamericana sino también aspectos centrales de la configuración mundial, desde la cuestión bélica hasta las relaciones internacionales.
Desde el Partido Demócrata buscarán avanzar contra el legado político del magnate, mientras que dentro del propio Partido Republicano comenzará inevitablemente la discusión acerca de su sucesión y del futuro de ese espacio cuando Trump deje de ser electoralmente competitivo.
Lamentablemente, las figuras que comienzan a emerger no permiten avizorar un escenario sencillo. Los discursos de ajuste, represión, persecución y alineamiento con el sionismo continúan teniendo un peso considerable. Habrá que observar cómo se desarrolla esa disputa, pero sus consecuencias serán decisivas para nuestra región.
En ambos escenarios Javier Milei tiene mucho en juego. Su gobierno necesita que no se corte la garantía de la mano del Tío Sam para sostener un plan económico atravesado por el problema de la deuda y condicionado por el Fondo Monetario Internacional.
El mejor lente para analizar estos procesos, sus causas y sus consecuencias, sigue siendo el nacional: la tan nombrada y, muchas veces, tan poco estudiada Tercera Posición.
Juan Domingo Perón, en su obra América Latina, ahora o nunca, planteaba que Latinoamérica debía ser pensada como un solo territorio y que era necesario pasar de un estadio nacional a otro continental. De lo contrario, advertía, el año 2000 nos encontraría unidos o dominados. A la luz de cómo ingresamos al nuevo milenio, aquella definición conserva una enorme vigencia.
En otros pasajes de esa pieza doctrinaria, Perón analiza la realidad social de los distintos países y advierte sobre la relación entre el crecimiento poblacional y la disponibilidad de materias primas, recursos que nuestro continente posee en abundancia.
Recuperar hoy aquel pensamiento implica también recuperar los vínculos políticos entre los países de la región, comprender los procesos particulares que atraviesa el campo popular en cada nación y evitar cualquier pretensión de injerencia sobre la política de los países hermanos.
Sobre todo, supone comprender que la salida solo puede ser común.
Una América Latina integrada, con bajos aranceles internos, infraestructura compartida y mecanismos de asistencia entre sus pueblos en los momentos difíciles. Una Patria Grande capaz de transformarse en un actor mundial con voz propia.
Ese es, quizás, el verdadero desafío de nuestro tiempo: construir una unidad continental que tenga como horizonte un pueblo feliz y a la justicia social como derecho rector.