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Sin volver al trabajo

LA CRUELDAD COMO POLÍTICA DE ESTADO

De la inclusión al sálvese quien pueda. Cómo impacta en la economía popular la eliminación del Programa Volver al Trabajo.

Sin volver al trabajo

LA CRUELDAD COMO POLÍTICA DE ESTADO

De la inclusión al sálvese quien pueda. Cómo impacta en la economía popular la eliminación del Programa Volver al Trabajo.

Redacción Revista En Marcha

El Gobierno nacional decidió eliminar el programa “Volver al Trabajo”, por lo que cerca de 900.000 personas dejarán de percibir el salario social complementario que significaba un ingreso mensual de $78.000. 

El programa estaba dirigido a personas de entre 18 y 49 años que no lograban insertarse en el empleo formal, y representaba un salario social complementario, que originalmente era equivalente al 50% del salario mínimo. Como contraprestación los beneficiarios y beneficiarias debían realizar tareas comunitarias, trabajos en barrios, organizaciones o unidades productivas. 

Como su antecesor, “Potenciar Trabajo”, funcionaba como un piso mínimo de ingresos y generalmente se combinaba con trabajos informales, empleo doméstico, trabajo rural temporal y era compatible tanto con la Asignación Universal por Hijo como con la Tarjeta Alimentar. El impulso de estos programas estaba basado la necesidad de otorgar derechos a trabajadores y trabajadoras de la economía popular. 

El salario social ya estaba profundamente deteriorado. El monto de $78.000 se encontraba congelado desde diciembre de 2023, y en ese mismo período, la inflación acumulada superó el 280%. Aun así, seguía siendo un ingreso imprescindible para miles de personas. Ahora, directamente desaparece. 

Norma Morales, Secretaria Adjunta de la  Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP) y dirigenta del Movimiento Barrios de Pie explica lo que significaba el programa y lo que implica la pérdida de este ingreso: “En nuestros barrios, el programa Volver al Trabajo no era un número en una planilla, era la diferencia entre sostener la vida o que todo se desmorone. Era ese ingreso que llegaba a manos de quienes todos los días hacemos, lo que nadie ve pero todos necesitan, cocinar en un comedor, cuidar a los hijos de otras, acompañar a un abuelo solo, organizar una olla cuando no alcanza. Las cuidadoras comunitarias no aparecen en estadísticas laborales, pero somos el corazón que mantiene vivos nuestros barrios. Muchas de nosotras tenemos tres o cuatro trabajos para sobrevivir. Limpiamos casas, hacemos changas, vendemos lo que podemos, cuidamos a otros, y además seguimos sosteniendo comedores, merenderos y espacios comunitarios. Trabajamos todo el día, sin descanso, y aun así no llegamos a fin de mes. No es que no trabajamos; trabajamos más que nunca, pero vivimos peor. La pérdida de ese ingreso profundizó todo, más horas fuera de casa, más angustia, más deuda para poder comer, más peso sobre nuestros cuerpos. Y sobre todo, más carga sobre nosotras las mujeres, sobre las cuidadoras comunitarias, que nunca dejan de sostener a otros aunque ya no puedan más. Y también hay algo más de fondo, este gobierno construyó una idea de país donde cada una se tiene que salvar sola, donde el cansancio nos aísle, donde la desesperación rompe los lazos. Pero en nuestros barrios pasa otra cosa.Vivimos en comunidad” 

Cocineras de comedores populares, cartoneros, trabajadores y trabajadoras de la economía popular y cooperativistas, ya no recibirán ese salario complementario. En cambio, el Gobierno de Javier Milei propone reemplazar este esquema por vouchers de capacitación laboral. En lugar de resolver una necesidad primaria, se ofrece acceso a cursos de carpintería, electricidad, plomería o cuidado de personas. Lo que se presenta como formación entra en zona de promesas, cuando no hay ninguna garantía de acceso real a estas instancias de capacitación ni hay vínculo inmediato que permita concretar una oferta laboral. El cambio es profundo: desaparece el ingreso mensual cotidiano, pone condiciones y no garantiza empleo.  

“Nadie puede proyectar un futuro cuando no sabe si hoy va a poder comer”, agrega Norma Morales. “En nuestros barrios hay saberes que no están en los diplomas, mujeres que organizan redes de cuidado, que administran lo poco como si fuera mucho, que cocinan para cien con ingredientes para veinte, que contienen, escuchan, resuelven. Eso también es un oficio, aunque nunca haya sido reconocido. Pero además, nosotras no solo queremos capacitarnos, queremos que se reconozcan y se escuchen nuestros saberes populares. Porque todos los días, en los comedores, en las cooperativas, en los polos productivos, en los espacios de cuidado, construimos conocimiento real, sabemos cuántas familias comen, cómo impacta la crisis en el barrio, cómo sostener una red cuando todo falta. Producimos datos, estadísticas, diagnósticos, respuestas. Pero ese conocimiento no tiene valor para quienes gobiernan, porque implicaría reconocer a un pueblo organizado, empoderado y capaz de mejorar la calidad de vida de nuestro pueblo. La idea de que todo se resuelve con capacitación desconoce una verdad muy simple, no se aprende con hambre, no se estudia con angustia, no se construye con la heladera vacía. Sin un ingreso básico, la capacitación se vuelve un privilegio al que pocas podemos acceder. Y sin trabajo garantizado, se transforma en una promesa que se desvanece”. 

Su desaparición perjudica no solo a quienes eran beneficiarios del plan. Es sabido que a menores ingresos en los hogares, habrá menos consumo en los comercios barriales, porque ese ingreso muchas veces se destinaba a pagar alquileres, alimentos y transporte. Millones de pesos dejan de circular en las economías locales. 

Morales agrega que no solo se trata del gasto cotidiano, sino de la función social del trabajo comunitario que tenía esta contraprestación: “Ese dinero no se acumulaba, no se especulaba, circulaba. Se transformaba en pan en el almacén, en útiles para los chicos, en un gas para seguir cocinando. Era economía real, concreta, cotidiana. Era también lo que sostenía el entramado comunitario, esa red invisible pero imprescindible que hace que un barrio no se caiga. Por eso, cuando se pierde, no desaparece solo un ingreso,se apaga un poco la vida comunitaria. Se resienten los comedores, en los espacios de cuidados comunitarios, se achican las ollas, se sobrecargan cuerpos ya agotados, sobre todo de mujeres que sostenemos todo. El Papa Francisco nos nombró como “poetas sociales”, y no es una metáfora lejana, es lo que somos. Donde falta todo, inventamos lo que no hay. Donde hay dolor, construimos comunidad y esperanza. Quitar ese ingreso es también negar ese trabajo”. 

El impacto es particularmente fuerte en las provincias del Norte Grande, donde se concentra una gran parte de los beneficiarios. En distritos como Tucumán, decenas de miles de personas perderán ese ingreso, y miles de millones de pesos dejarán de movilizar la economía local. Los Gobiernos provinciales ya advierten sobre el efecto en el consumo, el empleo y la cohesión social. 

Los legisladores regionales nucleados en el Parlamento del Norte Grande rechazaron esta medida. La legisladora tucumana Nancy Bulacio aseguró que “La eliminación del ex Potenciar Trabajo puede tener lógica en términos de reconversión laboral, pero no se puede construir empleabilidad sobre un vacío social”. Bulacio planteó que “en Tucumán 54.000 personas dejarán de percibir este ingreso, lo que significa que más de 4.300 millones de pesos dejarán de circular en nuestras economías”. En este contexto la legisladora tucumana abrió la pregunta: “¿Cómo se capacita alguien que no tiene garantizado un plato de comida en la casa? Capacitar sin sostener le llamamos excluir”.

La eliminación del salario social complementario no es solo un cambio administrativo. Implica desarticular una política que combinaba ingreso, trabajo y organización comunitaria. El Estado deja de garantizar un piso mínimo y traslada toda la responsabilidad al individuo. Con esta medida se perjudica a unidades de producción de la economía popular, cooperativas y emprendimientos que ya estaban en funcionamiento y se debilitan las redes de contención social y comunitaria en los barrios. 

“Este gobierno construyó una idea de país donde cada una se tiene que salvar sola, donde el cansancio nos aísle, donde la desesperación rompe los lazos. Pero en nuestros barrios pasa otra cosa. Vivimos en comunidad”, analiza Morales. 

No se trata solo de un recorte presupuestario. Se trata de una definición política. Cuando se retira ese sostén en un contexto de crisis, la desigualdad no es un efecto colateral. Es el resultado de una decisión. Es la crueldad convertida en política de gobierno.

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