Ataque contra la Ciencia
CIENTICIDIO: EL RECORTE QUE PONE EN JAQUE EL FUTURO
La ciencia argentina atraviesa una de las peores crisis de su historia. El sistema de investigación pública en el centro del ajuste.
Ataque contra la Ciencia
CIENTICIDIO: EL RECORTE QUE PONE EN JAQUE EL FUTURO
La ciencia argentina atraviesa una de las peores crisis de su historia. El sistema de investigación pública en el centro del ajuste.
Desde la asunción del presidente Javier Milei (La Libertad Avanza) en diciembre de 2023, el sistema de investigación pública ha sido blanco de un ataque mediático de desprestigio, destinado a generar un consenso social que justifique el ajuste estructural y salvaje del sector.
Uno de los focos sobre los cuales Milei desplegó toda su artillería es el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), columna vertebral del desarrollo científico en nuestro país. Desde 2023 el organismo perdió trabajadores y trabajadoras, redujo las becas, los programas de investigación se paralizaron, los salarios se devaluaron casi un 40%, y la inversión pública se desplomó.
Lo que la comunidad científica denomina como un «cienticidio» es, en los hechos, un desmantelamiento del sistema de producción de conocimiento, esencial para el desarrollo futuro del país.
De acuerdo al último informe de Análisis Presupuestario del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, elaborado por el Grupo Economía, Política y Ciencia del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (EPC-CIICTI), la Función Ciencia y Tecnología del presupuesto de la Administración Pública Nacional que había alcanzado el 0,30% del PBI en 2023, descendió al 0,21% en 2024 y para este 2025 se proyecta en apenas 0,15%, el nivel de inversión más bajo desde la crisis de 2002. Este retroceso representa, según los autores del informe, “un golpe estructural de consecuencias prolongadas”.
El estudio advierte, además, que el ajuste presupuestario afecta severamente a todos los organismos de ciencia y tecnología del país. Mientras que el CONICET se encamina a perder un 42,8% del presupuesto en dos años, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) perderá un 44,4% y la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) un 54,6%.
El paso de la motosierra sobre la ciencia está haciendo estragos. Al recorte de fondos del CONICET se suma la eliminación o suspensión de más de 70 programas clave, como Equipar Ciencia, Construir Ciencia, el Fondo Tecnológico (FONTAR), los programas de Cultura Científica y Juventudes y Ciencia, así como la paralización de convocatorias del Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCYT).
Otro de los organismos que sufrió un fuerte recorte en estos dos últimos años, es la Agencia de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (I+D+I), que financiaba proyectos estratégicos en universidades y centros de investigación. En un año pasó de ejecutar 4,9 millones de dólares mensuales (2023) a solo 1,1 millones (2024).
Pero eso no es todo. El pasado 3 de julio, mediante el decreto 447/2025, el Gobierno redujo la cantidad de directores de la Agencia de 11 a 3 y la reubicó bajo la órbita de la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología de la Jefatura de Gabinete. Además, habilitó nuevos mecanismos de financiamiento, como fondos de inversión y redefinió las funciones de la Agencia, con un objetivo más explícito en impulsar la transferencia tecnológica al sector productivo.
La cantidad de empleos del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SNCTI) se encuentra en franco descenso desde que asumió la presidencia Javier Milei. Se trata de un hecho de enorme gravedad si se tiene en cuenta el nivel de profesionalización y especialización del sector.
Según el último informe de Evolución de Empleo y Recursos Humanos del SNCTI, elaborado por el Grupo EPC-CIICTI y publicado a comienzo de mayo, esto implica una caída global del empleo en el sector del 5,5% entre diciembre de 2023 y marzo de 2025.
Uno de los datos más alarmantes es la situación del CONICET, organismo clave en el sistema científico argentino y referente internacional. Allí se perdieron 1.513 puestos de trabajo, lo que representa el 36% del total de empleos eliminados en el sector. La reducción abarca tanto becas como cargos de personal bajo convenio, administrativos y personal científico-técnico (CIC-CPA).
Además, por primera vez en 17 años, el número de investigadores del CONICET disminuyó: pasó de 12.176 en 2023 a 11.868 en 2024. Esta caída no solo refleja la interrupción de nuevas incorporaciones sino también la expulsión silenciosa de profesionales altamente calificados, formados durante años con inversión pública.
“En CONICET estamos viendo un aumento de las renuncias porque está completamente desfinanciado, prácticamente no hay recursos para investigar, los salarios se han deteriorado brutalmente, hemos perdido más de un tercio del poder adquisitivo. Esta situación genera, por un lado, el pluriempleo, mucha gente busca otro trabajo para sobrevivir, y en algunos casos no tienen nada que ver con la tarea científica. Y por otro, el incremento de las renuncias, que en 2024 aumentó un 33% respecto del año anterior”, advirtió Gonzalo Sanz Cerbino, Secretario General Adjunto de ATE CONICET CABA, Doctor en Historia, Profesor en enseñanza media y superior en Historia, Licenciado en Historia.
Esta realidad, según el investigador, “pinta un cuadro de vaciamiento muy acelerado. A este ritmo para cuando se vaya Milei, estamos hablando de un CONICET muy reducido en relación a lo que hoy tenemos”.
Dando cuenta también de esta realidad, la prestigiosa revista Science publicó un crítico artículo (noviembre 2024) sobre los efectos del ajuste implementado por el gobierno en el ámbito científico argentino, y especialmente el profundo recorte que sufre CONICET.
En sus páginas, la revista Science advirtió que aproximadamente el 9% de los científicos de este organismo abandonó sus puestos de trabajo debido a las políticas de “austeridad” y el “deterioro de las condiciones para investigar”.
Esta situación política y económica provocó, según Science, que cada vez más científicos argentinos buscan trabajo en el extranjero. La fuga de cerebros que ya hemos experimentado en otros momentos históricos de nuestro país, volvió.
Más allá del ajuste presupuestario, el gobierno de La Libertad Avanza impulsa una transformación ideológica del rol del Estado. Bajo el lema del «déficit cero», promueve un modelo donde la ciencia pública es considerada un gasto prescindible. La concepción que prima es que el conocimiento debe financiarse de forma privada y producir rentabilidad inmediata. Inversión a futuro, cero.
Pero esta política no sorprende. Durante la campaña presidencial, Milei cuestionó públicamente al CONICET y descalificó disciplinas no orientadas al mercado, como las ciencias sociales, la historia o la filosofía. Y una vez en el gobierno, esto se plasmó inicialmente en la degradación del Ministerio de Ciencia que pasó a ser una mera secretaría de Estado, la eliminación de ingresos a la carrera y paralización de líneas federales de investigación.
Por un lado, explicó Gonzalo Sanz Cerbino, “hay una política comunicacional que focaliza su ataque sobre las ciencias sociales y las humanidades, haciendo eje en algunos proyectos que juzgan por su título. Es una campaña que está basada en el desconocimiento y el prejuicio”.
«La motosierra no distingue: si no generás valor económico inmediato, quedás afuera», explicó en una entrevista Rodrigo Quiroga, bioinformático del CONICET. Esta visión implica un abandono del conocimiento como bien público.
“La política que están llevando adelante es de destrucción del sistema científico, no están intentando reformar porque no se ve una política científica. Para ponerte un ejemplo, el Secretario de Ciencia, Tecnología e Innovación, Darío Genua, anunció hace unos meses su plan científico tecnológico 2024-2025. Eran tres líneas, era un tweet, literalmente, no hubo un documento, no hubo un estudio, no hubo una fundamentación. Lo que muestra esto es que no tiene una política científica”, denunció Gonzalo Sanz Cerbino.
El vaciamiento del CONICET representa no solo un retroceso económico, sino también una ofensiva contra la soberanía tecnológica, la autonomía universitaria y la capacidad crítica de la sociedad. «Estamos retrocediendo 25 años en apenas 17 meses», advirtió Valeria Levi, vicedecana de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, en los medios de comunicación.
“Acá no hay una política científico-tecnológica, sino un intento de destruir lo que este gobierno considera como un gasto inútil. Algo que es completamente discutible. No hay ningún país medianamente desarrollado en el mundo que prescinda de la inversión estatal en ciencia y tecnologías”, explicó Sanz Cerbino.
“En la mayoría de los países desarrollados se invierte muchísimo, y lo hacen porque la inversión en ciencia es abrir posibilidades a futuro de ser otra cosa, de realizar desarrollos en salud, desarrollos para enfrentar problemáticas sociales que mejoren la vida de la población y oportunidades para el desarrollo del país, que le permitan una mejor inserción en el mercado mundial”, remarcó.
Ante el avance del ajuste, la comunidad científica respondió con organización y protesta. A fines de mayo de 2025, miles de investigadores, becarios y docentes se movilizaron en todo el país bajo las consignas “Sin ciencia no hay futuro” y “Nadie se salva solo”. La Red de Autoridades de Institutos del CONICET, universidades nacionales, premios Nobel y organismos internacionales denunciaron el vaciamiento como una amenaza a la democracia y al desarrollo.
A pesar de la presión social, el gobierno mantiene su postura. Rechaza los pedidos de diálogo, desestima los reclamos gremiales y profundiza la paralización del sistema. Mientras tanto, los efectos se acumulan y proyectan un escenario incierto para los próximos años.
Un sistema científico no se improvisa ni se reconstruye en el corto plazo. Requiere inversión sostenida, planificación y visión de futuro. La pérdida de investigadores, proyectos, líneas de trabajo y capacidades tecnológicas afecta al presente y compromete las próximas décadas.
El ajuste no solo implica menos ciencia, sino menos desarrollo, salud pública, innovación, menos capacidad para enfrentar crisis como la pandemia, el cambio climático o la pobreza estructural.
Lo que está en juego no es solo el destino del CONICET, sino el futuro de un país que, sin ciencia, pierde su capacidad de pensarse y proyectarse. “Invertir en ciencia es invertir en el futuro, sin ciencia no hay futuro”, sentenció Sanz Cerbino.