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Solidaridad entre los pueblos

GENOCIDIO SILENCIOSO CONTRA CUBA

Sin bombas sobre La Habana ni tropas estadounidenses ocupando sus calles, Estados Unidos profundiza una política de asfixia económica, financiera y ahora energética que golpea directamente sobre las condiciones de vida del pueblo cubano.

Solidaridad entre los pueblos

GENOCIDIO SILENCIOSO CONTRA CUBA

Sin bombas sobre La Habana ni tropas estadounidenses ocupando sus calles, Estados Unidos profundiza una política de asfixia económica, financiera y ahora energética que golpea directamente sobre las condiciones de vida del pueblo cubano.

Por Roberto Cristofano
Secretario de Prensa de la Asociación Judicial Bonaerense

Cuba es un pequeño país latinoamericano que desde el año 1959 cometió, para el poder estadounidense, un pecado capital: elegir su propio destino sin subordinarse al gigante que acecha a apenas 90 millas de sus costas.

El bloqueo energético constituye un capítulo superior de una estrategia que lleva más de seis décadas: restringir los recursos indispensables para el funcionamiento de una sociedad y aumentar el sufrimiento de su población.

Desde el triunfo de la Revolución Cuba intentó construir un modelo político, económico y social distinto, basado en la justicia social, la socialización de buena parte de los bienes del país, el desarrollo planificado como horizonte y la solidaridad con todos los pueblos que luchan en el mundo como política de Estado. Seguramente con errores y aciertos, con avances, retrocesos y contradicciones, como cualquier país y cualquier proceso político, pero eligió un camino y sostuvo durante más de seis décadas la decisión de recorrerlo. Esa decisión tuvo un costo enorme.

La política de hostigamiento económico comenzó prácticamente junto con la Revolución. El bloqueo comercial fue formalizado por Estados Unidos en febrero de 1962 y, desde entonces, se fueron agregando leyes, sanciones y mecanismos destinados a limitar la capacidad de Cuba para comerciar, financiarse y relacionarse económicamente con otros países. 

Con la Ley Torricelli de 1992 y la Helms-Burton de 1996, las sanciones profundizaron además su carácter extraterritorial, alcanzando a empresas, bancos, navieras y aseguradoras de terceros países que mantienen relaciones económicas con la isla.

Este punto resulta central para comprender el bloqueo. No significa solamente que Cuba tenga dificultades para comerciar con Estados Unidos. Significa obstaculizar su integración económica con buena parte del mundo, dificultar inversiones y operaciones financieras, limitar el turismo, el ingreso de divisas y encarecer o impedir el acceso a tecnología, combustibles, medicamentos e insumos indispensables.

La asfixia como principal herraminta de opresión política


Las consecuencias sufridas por el pueblo cubano no pueden analizarse simplemente como daños accidentales de una disputa entre dos gobiernos. Desde los primeros años de la Revolución existen documentos que permiten conocer con claridad el objetivo político perseguido.

En abril de 1960, Lester D. Mallory, funcionario del Departamento de Estado norteamericano, planteó en un memorándum la necesidad de privar a Cuba de recursos económicos para generar carencias, sufrimiento y desesperación y, de esa manera, debilitar el respaldo popular a la Revolución.

Según los informes presentados por Cuba ante Naciones Unidas, solamente entre marzo de 2024 y febrero de 2025 los daños atribuidos al bloqueo superaron los 7.500 millones de dólares.

Según los informes presentados por Cuba ante Naciones Unidas, solamente entre marzo de 2024 y febrero de 2025 los daños atribuidos al bloqueo superaron los 7.500 millones de dólares.

La lógica era sencilla y brutal: asfixiar la economía para deteriorar las condiciones de vida, transformar ese deterioro en malestar social y convertir finalmente el descontento en una herramienta política para modificar el rumbo elegido por Cuba.

Más de seis décadas después, aquella lógica permanece. Los mecanismos fueron perfeccionándose y la persecución económica adquirió una dimensión cada vez mayor. Según los informes presentados por Cuba ante Naciones Unidas, solamente entre marzo de 2024 y febrero de 2025 los daños atribuidos al bloqueo superaron los 7.500 millones de dólares. Los perjuicios acumulados durante más de seis décadas fueron estimados en más de 170.000 millones de dólares a valores corrientes.

Pero las cifras económicas cuentan solamente una parte de la historia. Detrás de esos números están las condiciones concretas de vida de millones de personas.

El bloqueo energético: un capítulo superior


Desde comienzos de 2026, el gobierno de Donald Trump profundizó nuevamente la denominada política de máxima presión sobre Cuba. A las sanciones existentes se sumaron nuevas restricciones sobre el abastecimiento petrolero y medidas dirigidas contra diferentes fuentes de ingreso de la economía cubana.

El bloqueo energético constituye un capítulo superior dentro de una política de asfixia que lleva décadas.

Impedir que un país acceda normalmente al combustible no significa solamente dificultar una operación comercial, sino que es una forma de atacar el funcionamiento mismo de una sociedad. La energía mueve el transporte, permite producir y distribuir alimentos, mantiene funcionando hospitales, garantiza las cadenas de frío para medicamentos y vacunas, hace posible bombear y distribuir agua y sostiene industrias, escuelas y servicios públicos. También permite, en el extremo más concreto, que una ambulancia llegue hasta un paciente.

Ya no se trata únicamente de encarecer una importación, bloquear una transferencia bancaria o impedir el acceso a determinada tecnología. Se trata de restringir uno de los elementos indispensables para que una sociedad pueda funcionar.

El mecanismo es silencioso. No destruye una central eléctrica mediante un bombardeo: impide que tenga combustible. No bombardea un hospital: dificulta que tenga electricidad, medicamentos, insumos y transporte. No destruye los alimentos: hace cada vez más difícil producirlos, conservarlos y trasladarlos. No impide mediante soldados que un paciente llegue a un centro de salud: puede conseguir el mismo resultado cuando no existe combustible para trasladarlo.

Ahí aparece con toda crudeza la idea de un genocidio silencioso. Una forma de violencia que no necesita bombas ni ejércitos de ocupación para deteriorar profundamente las condiciones de vida de un pueblo y generar sufrimiento y muerte.

Cuando la asfixia entra en los hospitales


Las consecuencias son concretas. La crisis energética provoca apagones que pueden extenderse durante horas e incluso días y repercute directamente sobre la producción, el transporte, el abastecimiento de agua y alimentos y el funcionamiento del sistema sanitario.

Según informó el diario mexicano La Jornada el 5 de julio de 2026, la tasa de supervivencia de niñas y niños con cáncer en Cuba había descendido del 85% al 65% en un contexto atravesado por la falta de determinados medicamentos, insumos y combustible. Los hospitales registran dificultades para acceder a jeringas, gasas, vacunas, reactivos, anestésicos, citostáticos y repuestos para equipos de hemodiálisis y tomografías.

En algunos tratamientos oncológicos, la imposibilidad de conseguir medicamentos de primera línea obligó a utilizar alternativas de segunda o tercera categoría, de menor efectividad. La falta de combustible también afecta los traslados y puede provocar que pacientes pasen días e incluso semanas sin concurrir a sus controles.

Es ahí donde el bloqueo deja de ser una discusión abstracta sobre relaciones internacionales. Se convierte en un medicamento que no llega, una operación que se posterga, una ambulancia sin combustible o un hospital que pierde capacidad para atender.

Según diversos estudios publicados sobre el Bloqueo también se registran consecuencias sobre alimentos, combustibles, medicinas, piezas de repuesto y acceso a tecnologías, además de afectaciones que pueden llegar hasta la imposibilidad de acceder a determinados tratamientos de salud.

¿Por qué Cuba?


¿Por qué semejante ensañamiento de la principal potencia mundial con una pequeña isla del Caribe?

Cuando en 1959 Cuba eligió comenzar la construcción de un modelo político, económico y social orientado hacia el socialismo, el mundo estaba atravesado por una enorme disputa entre diferentes modelos de sociedad. Más de seis décadas después, aquellas ideas no desaparecieron.

China, hoy convertida en una de las principales potencias económicas y políticas del planeta, continúa definiendo su proceso de desarrollo como socialista y reivindicando, con características propias, una matriz construida a partir de las ideas del marxismo. También Vietnam recorre un camino similar y diversos países en el mundo intentan desarrollos autónomos y distantes de los centros de poder de las potencias occidentales.

Entonces, si existen experiencias socialistas y críticas del capitalismo hegemónico con una capacidad económica infinitamente superior a la cubana, ¿por qué semejante ensañamiento con una pequeña isla? Quizás porque el problema nunca fue solamente el socialismo. También fue la soberanía.

Impedir que un país acceda normalmente al combustible no significa solamente dificultar una operación comercial, sino que es una forma de atacar el funcionamiento mismo de una sociedad.

Impedir que un país acceda normalmente al combustible no significa solamente dificultar una operación comercial, sino que es una forma de atacar el funcionamiento mismo de una sociedad.

Cuba está demasiado cerca de Estados Unidos. No solamente en términos geográficos. Se encuentra en una región que Washington consideró históricamente parte de su zona de influencia y donde intervino política, económica y militarmente en defensa de sus propios intereses.

Y en 1959 apareció una pequeña isla que decidió construir otro camino. Ese probablemente haya sido el pecado capital de Cuba: pretender decidir su propio destino sin subordinarse a la potencia ubicada a solamente 90 millas de sus costas.

El costo de buscar un camino propio


La crisis cubana existe y negarla no ayudaría a defender a Cuba. Los problemas económicos, el deterioro de infraestructura, la caída de la producción, la emigración y las dificultades cotidianas atraviesan hoy profundamente a su sociedad.

Pero explicar esa crisis solamente como el “fracaso del socialismo” exige borrar deliberadamente de la historia más de seis décadas de persecución económica, comercial y financiera.

La propia evolución demográfica muestra la profundidad del momento. Al finalizar 2025, la población efectiva de Cuba se ubicaba alrededor de los 9,4 millones de habitantes. Durante ese año se redujo en más de 300.000 personas y el saldo migratorio externo fue negativo en unas 245.000, en medio además de un acelerado envejecimiento poblacional.

La prepotencia imperialista parece por momentos estar cerca de conseguir mediante la asfixia aquello que durante décadas no pudo lograr por otros medios: que la escasez fatigue, que los apagones desesperen, que la falta de medicamentos destruya esperanzas, que la emigración vacíe la isla y que el deterioro cotidiano termine provocando el quiebre político buscado desde los primeros años de la Revolución.

Durante décadas, además, la Asamblea General de Naciones Unidas reclamó de manera abrumadoramente mayoritaria el levantamiento del bloqueo. En 2025, 165 Estados votaron a favor de poner fin a las sanciones económicas, comerciales y financieras estadounidenses.

Defender el derecho de Cuba a decidir su destino no significa negar sus errores ni considerar indiscutible su modelo político. Significa defender un principio mucho más elemental: ningún pueblo debería ser sometido durante décadas al hambre, la escasez y el sufrimiento para obligarlo a modificar el camino político que eligió.

Ahí también adquiere sentido la solidaridad entre los pueblos. No como una adhesión abstracta o la defensa incondicional de un gobierno, sino como la defensa del derecho de una nación a existir, discutir sus problemas, corregir sus errores y construir su futuro sin que una potencia extranjera utilice las necesidades de su población como instrumento de disciplinamiento.

Porque detrás del genocidio silencioso contra Cuba existe una disputa mucho más profunda: el derecho de un pueblo a decidir soberanamente su destino.

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