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LA GENERACIÓN VIGILADA

Infancias, adolescencias y el gran debate sobre las redes sociales. Entre la prohibición y el derecho a estar conectados.

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LA GENERACIÓN VIGILADA

Infancias, adolescencias y el gran debate sobre las redes sociales. Entre la prohibición y el derecho a estar conectados

Redacción Revista En Marcha

Una escena se repite en miles de hogares argentinos. Son las once de la noche. La casa parece dormida. Pero detrás de una puerta cerrada, una adolescente continúa deslizando el dedo sobre la pantalla. Un video lleva a otro. Una notificación abre una conversación. Un mensaje activa una respuesta. El algoritmo nunca duerme.

Durante años, la discusión pública sobre las redes sociales se organizó alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuánto tiempo pasan los chicos frente a las pantallas?

Hoy la pregunta es otra, mucho más compleja: ¿deberían los Estados limitar o incluso prohibir el acceso de niñas, niños y adolescentes a las redes sociales?

La pregunta atraviesa parlamentos, escuelas, organismos internacionales, gobiernos, familias y especialistas. Y, sobre todo, atraviesa a una generación que nació dentro de internet.

Lo que hasta hace pocos años parecía una exageración moralista se transformó en una discusión global. Australia prohibió el acceso a redes sociales para menores de 16 años. España debate restricciones similares. Francia endureció los controles de edad. Dinamarca, Noruega y el Reino Unido analizan nuevas regulaciones. La Unión Europea presiona a las grandes plataformas para que asuman responsabilidades concretas en la protección de la infancia ¿Y Argentina?

El experimento más grande de la historia


Nunca antes una generación había crecido bajo una experiencia semejante. Las redes sociales no son simplemente herramientas de comunicación, son infraestructuras de atención. Sistemas diseñados para capturar tiempo, emociones y comportamiento.

La infancia y la adolescencia se convirtieron, sin planificación colectiva ni consentimiento social, en el mayor laboratorio digital jamás realizado.

Según Naciones Unidas, en 2025, el 82% de las personas entre 15 y 24 años utilizan internet regularmente, constituyendo el grupo etario más conectado del planeta. Al mismo tiempo, alrededor del 80% de los niños de 25 países afirmó sentirse en riesgo frente a situaciones de abuso o explotación sexual en línea. La ONU advierte además sobre problemas vinculados con la violencia digital, la privacidad de datos y la exposición a contenidos nocivos.

Las plataformas suelen presentarse como espacios de encuentro, creatividad y aprendizaje. Y lo son. Pero también son escenarios donde operan mecanismos de vigilancia comercial, extracción de datos, segmentación publicitaria y algoritmos optimizados para maximizar la permanencia.  En otras palabras: las empresas tecnológicas necesitan que los usuarios permanezcan conectados el mayor tiempo posible. Y los adolescentes son especialmente vulnerables a esa lógica.

Silicon Valley contra la infancia


Durante años, las grandes plataformas defendieron una narrativa simple: la tecnología es neutral. Hoy esa idea parece cada vez más difícil de sostener. La Comisión Europea, distintos gobiernos nacionales y organismos internacionales comenzaron a cuestionar el poder acumulado por empresas como Meta, TikTok, Google y X.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue explícita al advertir que la protección de la infancia no puede quedar delegada en Silicon Valley. El conflicto es profundo porque toca el corazón mismo del modelo económico digital. Cuanto más tiempo permanece una persona conectada, más datos genera. Cuantos más datos genera, más rentable resulta. 

La infancia aparece así atrapada entre dos lógicas contrapuestas: por un lado, el derecho a participar de la cultura digital; por otro, la necesidad de protegerse de una industria cuya rentabilidad depende precisamente de captar su atención. 

Cruzada regulatoria mundial


Australia se convirtió en 2025 en el primer país del mundo en aprobar una prohibición nacional para que menores de 16 años accedan a redes sociales
. La medida generó repercusiones globales.

Sus defensores sostienen que los adolescentes carecen de la madurez necesaria para comprender plenamente los riesgos asociados a las plataformas digitales. Además, citan investigaciones que vinculan el uso intensivo de redes con problemas de sueño, ansiedad, dificultades de atención y deterioro del bienestar psicológico.

Los críticos señalan otra cuestión. Prohibir no necesariamente significa proteger. La experiencia histórica demuestra que muchas restricciones tecnológicas terminan siendo sorteadas mediante cuentas falsas, VPN o dispositivos alternativos.

UNICEF sostiene una posición más compleja que la simple prohibición. La organización reconoce los riesgos asociados a las redes sociales, pero advierte que restringir el acceso no elimina los problemas, sino que puede volverlos menos visibles.

Mariella Adrián García, oficial de Educación de UNICEF, resumió en los medios de comunicación la postura del organismo: «Los riesgos no desaparecen, solo se vuelven menos visibles para las familias y cuidadores». Y agregó: “Lo prohibido puede generarles más interés y, posiblemente, accederán a redes a escondidas, a través de dispositivos alternativos y en plataformas menos reguladas. Los adolescentes necesitan la presencia de sus familiares y cuidadores, pero también necesitan espacio para explorar, equivocarse y aprender. Nuestro trabajo como adultos debe ser orientar y acompañar”. 

La organización plantea un enfoque basado en la corresponsabilidad: Estados que regulen, empresas que mitiguen riesgos, familias que acompañen, escuelas que alfabeticen digitalmente, y adolescentes que participen de las decisiones.

La clave, según UNICEF, no sería únicamente limitar el acceso sino construir capacidades críticas para habitar el entorno digital.

China: el laboratorio más extremo de regulación digital


Si Australia encarna hoy la avanzada occidental de las restricciones a las redes sociales,
China representa el caso más radical de intervención estatal sobre la vida digital de niños y adolescentes. Desde hace varios años, el gobierno chino viene imponiendo límites estrictos al tiempo de conexión de menores de edad, especialmente en videojuegos y plataformas digitales.

En 2021 restringió a tres horas semanales el acceso de menores a los videojuegos en línea y posteriormente profundizó los controles sobre los algoritmos utilizados por plataformas como Douyin —la versión china de TikTok—, obligándolas a incorporar «modos juveniles» con límites automáticos de uso, contenidos educativos prioritarios y horarios restringidos de acceso. 

Además, las empresas tecnológicas deben verificar la identidad real de sus usuarios y están obligadas a implementar mecanismos de protección específicos para menores. Para las autoridades chinas, la regulación responde a la necesidad de combatir la adicción digital y preservar la salud mental de las nuevas generaciones.

El caso chino revela una tensión que atraviesa todo el debate global: hasta dónde puede llegar la intervención pública para proteger a las infancias sin afectar derechos fundamentales como la privacidad, la autonomía y la libertad de expresión.

Argentina: una infancia hiperconectada 

 
El informe Kids Online Argentina 2025, elaborado por UNICEF y UNESCO, ofrece una de las radiografías más completas sobre la relación de niñas, niños y adolescentes con el mundo digital en nuestro país. Los resultados muestran una generación atravesada por la conectividad desde edades cada vez más tempranas, pero también exponen nuevas desigualdades, riesgos y desafíos para las familias, las escuelas y el Estado.

Los datos reflejan un escenario de hiperconectividad prácticamente generalizado. El 96% de las niñas, niños y adolescentes tiene acceso a internet en su hogar y el 95% cuenta con un teléfono celular propio con conexión a la red. Además, el 97% utiliza el celular para conectarse a internet y el 88% lo hace todos los días o casi todos los días. El hogar sigue siendo el principal espacio de conexión: el 91% accede cotidianamente desde su casa.

Además, Kids Online Argentina 2025, revela que la incorporación al mundo digital ocurre cada vez más temprano. La edad promedio de acceso al primer celular con internet es de apenas 9,6 años. Casi la mitad (46%) obtuvo su primer dispositivo antes de cumplir los diez años y, entre quienes hoy tienen entre 9 y 11 años, el 83% ya contaba con un celular propio antes de llegar a esa edad. 

Las plataformas digitales ocupan un lugar cada vez más central en la vida cotidiana. El 58% de los adolescentes ya utiliza herramientas de inteligencia artificial generativa, el 47% tuvo contacto con personas desconocidas a través de internet y el 24% reconoce haber realizado apuestas online con dinero. Son prácticas que hace apenas unos años ocupaban espacios marginales y que hoy forman parte de la experiencia digital de millones de jóvenes.

Uno de los hallazgos más preocupantes está relacionado con el bienestar digital. Casi la mitad de los adolescentes reconoce haber atravesado situaciones asociadas al uso problemático de internet, los videojuegos o el teléfono celular durante el último año. Muchos afirman haber intentado reducir el tiempo de conexión sin lograrlo, una señal de alerta sobre la creciente dependencia de las pantallas.

El aula como campo de batalla


Hoy, en nuestro país,
la escuela se convirtió en uno de los escenarios centrales de esta discusión. Durante décadas, la preocupación pedagógica estuvo asociada a la falta de acceso a la tecnología. Hoy el problema parece invertido: la presencia permanente de dispositivos dentro del aula.

En los últimos dos años, distintas jurisdicciones argentinas comenzaron a restringir el uso de celulares durante las clases.

La Ciudad de Buenos Aires este año avanzó hacia el modelo de «aulas libres de celulares», ampliando restricciones que ya existían en niveles iniciales y primarios. La medida alcanzó también a las escuelas secundarias y busca reducir distracciones y mejorar la atención pedagógica.

Con el inicio del ciclo lectivo 2026, las escuelas primarias de la provincia de Buenos Aires pusieron en marcha la Ley N° 15.534, que prohíbe el uso de teléfonos celulares en las aulas de todas las escuelas primarias (públicas y privadas) durante la jornada escolar. Los estudiantes deben mantener los dispositivos apagados o guardados, a menos que un docente autorice su uso exclusivo para actividades pedagógicas. 

El fenómeno se replica en provincias como San Juan, Chubut y otras jurisdicciones que analizan normativas específicas para limitar el uso de dispositivos durante el horario escolar.

¿Prohibir o educar?


Tal vez el problema sea que la discusión está mal formulada. Prohibir o no prohibir. Regular o no regular. Celulares sí o celulares no.

La realidad parece mucho más ambigua. Las redes sociales son, simultáneamente, espacios de creatividad, aprendizaje, información, militancia, sociabilidad y construcción identitaria.

Aunque también son escenarios de violencia, acoso, explotación, manipulación algorítmica y captura de atención. Ambas afirmaciones son verdaderas al mismo tiempo. Por eso algunos investigadores proponen abandonar las respuestas binarias. 

Entre la prohibición y la libertad absoluta aparece un territorio más difícil de recorrer: el de la regulación democrática, la alfabetización digital y la construcción colectiva de derechos para las infancias y adolescencias en el siglo XXI.

Porque la pregunta central ya no es si los chicos deben estar o no en internet. La pregunta es qué tipo de internet estamos dispuestos a construir para ellos.

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