Economía del cuidado
La economía invisible: quién cuida y a qué costo
En un país atravesado por la crisis, el trabajo que sostiene la vida sigue sin ser reconocido. Las mujeres dedican el doble de tiempo al cuidado no remunerado, enfrentan mayores niveles de precarización y sostienen una economía que no las incluye.
Economía del cuidado
LA ECONOMÍA INVISIBLE: QUIÉN CUIDA Y A QUÉ COSTO
En un país atravesado por la crisis, el trabajo que sostiene la vida sigue sin ser reconocido. Las mujeres dedican el doble de tiempo al cuidado no remunerado, enfrentan mayores niveles de precarización y sostienen una economía que no las incluye.
A las seis de la mañana, antes de que se enciendan las computadoras, abran los juzgados y los bancos o circulen los primeros colectivos, alguien ya está trabajando. Prepara el desayuno, organiza el día, cuida. Ese trabajo no aparece en los indicadores económicos, pero sin él no habría economía posible. En la Argentina de hoy, esa escena se repite millones de veces y tiene un rasgo común: está sostenida, casi siempre, por mujeres.
Datos oficiales del INDEC, la CEPAL y la OIT confirman lo que el feminismo denuncia hace décadas: sin redistribución del cuidado y políticas públicas, no hay igualdad posible
Según la última Cuenta Satélite de Trabajo No Remunerado de los Hogares del INDEC (6 de noviembre de 2024), el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa alrededor del 15,9% del PBI. Es uno de los sectores de mayor peso económico del país. Pero, paradójicamente, no se paga.
El propio organismo define estas tareas, tan vitales para las personas como para la economía, como “actividades que producen bienes y servicios para el propio consumo de los hogares, sin mediar una transacción monetaria”. La definición es técnica. Lo que queda implícito es quién las realiza. En el informe “Los cuidados retroceden: las políticas de cuidados en la Argentina reciente (2019-2024)” la Socióloga y Doctora en Ciencias Sociales Sol Prieto, describe las políticas de cuidado como “aquellas que, por acción o por omisión, producen efectos sobre la carga de cuidados que, históricamente, recae sobre las mujeres”. Asegura que además de generar riqueza que no se reconoce, incide en la inserción en el mercado laboral. “La carga de trabajo no remunerado, en especial de cuidado de niños, limita la capacidad de las mujeres para participar en el mercado de trabajo. Esto resulta en tasas de empleo más bajas para las mujeres comparadas con los varones, (…) y en mayores niveles de desocupación (en especial entre las mujeres jóvenes) y de informalidad, ya que debido a la necesidad de gestionar el tiempo de manera flexible, muchas mujeres se ven obligadas a aceptar trabajos informales y de baja remuneración”.
La desigualdad en la que viven las mujeres se vuelve aún más evidente cuando se mide el tiempo. De acuerdo con los datos publicados por la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (INDEC, 2021) las mujeres dedican en promedio 6,4 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras que los varones dedican 3,4 horas. Es decir, casi la mitad.
Además, el informe revela que el 91,7% de las mujeres realiza trabajo doméstico, de cuidado o de apoyo a otros hogares, mientras que en el caso de los varones lo hace el 75,1%. El hecho de que una mayor proporción de mujeres realice trabajo no remunerado genera que su tasa de participación en el trabajo total sea superior a la de los varones (94,7% para las mujeres frente a 90,9% de los varones).
El dossier sobre uso del tiempo, además, agrega un dato clave: las mujeres no solo trabajan más en estas tareas, sino que lo hacen de forma simultánea, superponiendo actividades. El cuidado no ocupa un momento específico del día: atraviesa toda la jornada. El documento lo expresa con claridad: “El tiempo destinado al cuidado no solo es mayor para las mujeres, sino que se encuentra fragmentado y condicionado por las necesidades de otras personas”. Esa fragmentación limita el acceso al descanso, al empleo y a la autonomía.
Mercedes D’Alessandro, Doctora en Economía y cofundadora de Economía Femini(s)ta, fue Directora Nacional de Economía, igualdad y género en el Ministerio de Economía desde donde se impulsaron políticas concretas de cuidado. En diálogo con En Marcha, ella asegura que “El gran desafío siempre fue correr la idea de que cuidar es una obligación “natural” de las mujeres. Porque cuando una mujer cocina, limpia, acompaña a un adulto mayor, lleva un hijo al médico o reorganiza toda su vida para sostener a otros, está trabajando. Ese trabajo produce bienestar, reproduce la fuerza laboral y sostiene la economía. Sin embargo, no se paga, no se reconoce y muchas veces ni siquiera se registra. Ahí aparece la enorme contradicción: el mercado necesita ese trabajo para funcionar, pero no lo remunera; y cuando el Estado se retira, la carga vuelve todavía más a los hogares, y especialmente a las mujeres. Esa es la verdadera discusión sobre corresponsabilidad entre Estado, mercado y familias”.
Entre el 2020 y el 2023 se generaron acciones y políticas públicas de cuidado como la creación de la Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado, la medición del aporte de cuidados al PBI, la creación de espacios de cuidado en empresas y reintegros por guarderías, el reconocimiento de los aportes por Tareas de Cuidados, la moratoria previsional, una Canasta de Crianza publicada por el INDEC, para determinar el costo real de criar teniendo en cuenta el tiempo de cuidados, entre otras. Todas las políticas de cuidado que se estaban construyendo se desmoronan a partir de la asunción de Javier Milei en el Gobierno Nacional: “sólo dos siguen vigentes: la medición de la participación de los cuidados en el PIB (ahora llevada adelante por el INDEC), la Canasta de Crianza y Reglamentación de la LCT en el plano de las políticas de cuidados, se observa que casi todos los programas más nuevos –Registradas, Mi Pieza, Buena Cosecha, Programa de Infraestructura del Cuidado, entre otros– fueron eliminados”, detalla Sol Prieto en el documento “Los cuidados retroceden: las políticas de cuidados en la Argentina reciente (2019-2024). Prieto fue quien sucedió a D`Alessandro en la Dirección, y explica por qué la Canasta o Índice de Crianza es tan importante: “La idea fue crear el índice para que funcionara como valor de referencia a la hora de fijar los alimentos, la obligación alimentaria, especialmente en el caso de los alimentos provisorios, porque es una herramienta rápida que sirve como prueba de alguna manera. Además se utilizó en muchos casos para actualizar la cuota, sirvió también para agilizar los procesos, y además en muchos casos se utilizó en los que el progenitor no tiene empleo formal y no tiene ingresos comprobables. Ese proceso también se detuvo bastante, porque al no existir más la dirección no estamos brindando capacitaciones a las provincias, el gobierno no lo está haciendo, así que eso sería importante también”.
Durante años se instaló la idea de que las mujeres cuidan por decisión propia, romantizando la función de cuidado y sostenimiento del hogar y personas. Pero los datos desarman esa narrativa.
En este sentido, Mercedes D’Alessandro, recuerda la consigna con la que se comenzó a visibilizar esta problemática en la Argentina “eso que llaman amor es trabajo no pago”: sigue siendo completamente vigente porque el problema estructural no cambió: las tareas de cuidado continúan recayendo de manera desproporcionada sobre las mujeres y siguen funcionando como un subsidio invisible al sistema económico. Lo que sí cambió es el contexto político. Durante algunos años logramos instalar el cuidado como un tema económico y no solamente privado o familiar. Hubo avances importantes en producción de información, medición, diseño de políticas públicas y construcción de consensos internacionales. Pero hoy estamos en una etapa de fuerte retroceso, donde vuelve a predominar una mirada que considera al cuidado como una responsabilidad individual y no como una cuestión social y económica. Yo diría que es una agenda bajo ataque, porque los libertarios niegan la existencia de brechas de género y tampoco reconocen las tareas de cuidado como tales.
El Equipo Latinoamericano de Justicia y Género sostiene que “la organización social del cuidado en Argentina se basa en una distribución desigual que recae principalmente en los hogares y, dentro de ellos, en las mujeres” (ELA, 2024). En la misma línea, el documento afirma que “la sobrecarga de tareas de cuidado no es el resultado de decisiones individuales sino de una organización social que asigna de manera desigual estas responsabilidades según el género”.
No se trata de elecciones individuales, sino de condiciones estructurales, que se reproducen una y otra vez, año tras año.
“Y hoy en Argentina, con el ajuste más grande del mundo, como lo llama el Presidente, todo eso que el Estado no provee en términos de cuidados, salud, educación, prestaciones en discapacidad, etc, no desaparece sino que lo cubren las mujeres. Siguen cocinando, limpiando, acompañando, llevando chicos a la escuela o cuidando adultos mayores. Lo que cambia es quién paga el costo. Y en general ese costo vuelve a recaer sobre las mujeres, sobre su tiempo, su salud mental, sus oportunidades laborales y sus ingresos. Por eso discutir cuidados no es hablar de un tema “sectorial” o “de mujeres”: es discutir cómo se organiza una sociedad”, agrega Mercedes D’Alessandro
El informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) Tiempo de trabajo y bienestar: aportes de las encuestas de uso del tiempo al análisis del mercado laboral en América Latina, publicado a principios de 2026, muestra la persistencia de brechas de género en el uso del tiempo. Las mujeres continúan asumiendo una proporción significativamente mayor del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados también a nivel regional.
“La evidencia es clara: incluso las mujeres que trabajan a jornada completa dedican muchas más horas al trabajo no remunerado, lo que a su vez limita sus oportunidades laborales, la disponibilidad de tiempo para formación y desarrollo profesional y profundiza desigualdades”, explicó Sabrina Gontero, especialista en empleo y género de la OIT.
El informe también señala que las mujeres dedican en promedio 29,5 horas semanales al trabajo de cuidado no remunerado, frente a 6,3 horas de los varones. Esta sobrecarga impacta directamente en su inserción laboral, ya que la tasa de participación de las mujeres en el empleo alcanza el 51,8%, mientras que la de los hombres llega al 74,4%.
El documento, a su vez, aborda el concepto de “pobreza de tiempo”, es decir, la falta de horas suficientes para el descanso, el ocio o el autocuidado debido a cargas excesivas de trabajo. Las estimaciones para América Latina muestran que esta situación afecta con mayor intensidad a mujeres y a hogares de menores ingresos. Y resalta la necesidad de coordinar políticas públicas de organización del tiempo de trabajo y de cuidados para redistribuir el tiempo y reducir desigualdades.
Por su parte, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y la Agenda Regional de Género en América Latina y el Caribe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) indica que en la región “las mujeres destinan entre el doble y el triple de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado”. Y advierte que esta sobrecarga limita la autonomía económica y el acceso a derechos.
Según la CEPAL, las mujeres de América latina y el Caribe dedican entre 22 y 42 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, mientras que los hombres entre 7 y 20 horas.
El informe también señala que las mujeres destinan entre el 12% y el 24,2% de su tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, y los hombres solo entre el 3% y el 12,5%.
Como vemos, la desigualdad en el cuidado no es una excepción. Es una constante estructural en América Latina.
El problema no es estático y tiene un futuro no muy promisorio para las mujeres. El envejecimiento poblacional, los cambios en la estructura familiar y la mayor participación femenina en el mercado laboral incrementa la necesidad de servicios de cuidado.
La OIT advierte: “El aumento de la demanda de cuidados no ha sido acompañado por una expansión suficiente de servicios públicos”. Sin políticas públicas que aborden el tema de forma integral y colectiva, esta encrucijada se resuelve de forma individual, reproduciendo el viejo y “efectivo” modelo: más carga sobre los hogares, y especialmente sobre las mujeres.
El diagnóstico es conocido. El desafío sigue pendiente. Corresponsabilidad significa redistribuir el tiempo, los recursos y las responsabilidades. Significa reconocer que el cuidado no puede seguir siendo una tarea invisible y feminizada. Y sobre todo, que se necesitan de manera urgente, políticas públicas destinadas a regular las tareas de cuidado.