Pobreza infantil
CIFRAS QUE DUELEN
Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), más de la mitad de las niñas, niños y adolescentes viven en la pobreza. Dentro de ese universo, un 10,7% se encuentra en situación de indigencia. Una realidad que expone el nivel crítico de vulnerabilidad en las infancias.
Pobreza infantil
CIFRAS QUE DUELEN
Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA), más de la mitad de las niñas, niños y adolescentes viven en la pobreza. Dentro de ese universo, un 10,7% se encuentra en situación de indigencia. Una realidad que expone el nivel crítico de vulnerabilidad en las infancias.
Hay cifras que no describen una realidad: la condensan. En la Argentina contemporánea, hablar de pobreza infantil es hablar de una experiencia extendida, de una forma de vida que se repite y afecta a millones de hogares.
Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) publicado a fines de abril, la pobreza infantil alcanzó al 53,6% de niñas, niños y adolescentes en 2025, mientras que la indigencia llegó al 10,7%.
Sin embargo, y pese a estas cifras alarmantes, hay otro número que incomoda todavía más: el 28,8% de los niños, niñas y adolescentes experimentó inseguridad alimentaria en 2025. Y el 13,2% la padeció en su forma más severa. Esta problemática se concentra principalmente en los hogares de menores ingresos, con mayor incidencia en los estratos socioeconómicos bajos y en el Conurbano Bonaerense.
En este sentido, el problema ya no es sólo cuánto se come, sino qué se come. La inflación en alimentos —históricamente por encima del promedio— impacta con mayor fuerza en los hogares pobres, donde el ingreso se destina casi por completo a la subsistencia. En ese contexto, la dieta se empobrece antes de desaparecer: menos proteínas, menos diversidad, más harinas, más ultraprocesados.
El hambre, en la Argentina, no siempre es ausencia: muchas veces es mala calidad.
Si se amplía el foco, el problema de la pobreza y el hambre adquiere otra dimensión. En 2025, según el informe de la UCA, alrededor de 13 millones de personas en Argentina vivían bajo la línea de pobreza, de las cuales 3 millones estaban en la indigencia. Dentro de ese universo, la infancia concentra los niveles más altos de vulnerabilidad.
No es casual. Las familias con niñas y niños suelen tener más miembros, mayores gastos y menor capacidad de amortiguar crisis económicas. Además, las políticas de ingresos —como asignaciones o transferencias— suelen llegar tarde o resultar insuficientes frente a la velocidad de la inflación.
Así, la pobreza infantil no es un efecto colateral del sistema: es uno de sus núcleos más persistentes.
Hay cifras que duelen, un número más, un número menos, no cambia la realidad. La pobreza para más de la mitad de las y los niños argentinos es una realidad inevitable, por más que desde el gobierno nacional ensayen gestos triunfalistas, de la mano de estadísticas maniqueas. Y sobre todo, es querer esconder la realidad de millones de niños, niñas y adolescentes.
Por eso, hablar de porcentajes, por momentos, es hablar de una disputa por el sentido: qué se mide, cómo se mide y qué parte de esa realidad queda fuera de las estadísticas.
Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) muestran una caída en los indicadores: en el segundo semestre de 2025, el 41,3% de los niños y niñas de entre 0 y 14 años vivía bajo la línea de pobreza, con un 8,6% en situación de indigencia.
La baja interanual fue celebrada por el gobierno nacional como un signo de recuperación económica en un país que venía de picos críticos tras la devaluación de 2023. A nivel general, la pobreza, según estas mediciones, descendió al 28,2% de la población (unos 13 millones de personas) y la indigencia al 6,3%, los valores más bajos en varios años.
Ahora bien, si se corre el foco de la medición estrictamente monetaria, el cuadro se vuelve más denso. El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, que analiza la pobreza desde una perspectiva multidimensional, ofrece una imagen menos optimista pero más completa.
La diferencia entre ambos registros no es menor ni meramente técnica. Mientras el INDEC mide ingresos en relación a una canasta básica, la UCA incorpora dimensiones como el acceso a la alimentación, la educación, la salud y las condiciones de vida. En ese cruce aparece una verdad incómoda: salir de la pobreza estadística no siempre implica dejar de ser pobre en la experiencia cotidiana.
Un dato lo resume con crudeza. Según la UCA, más del 55% de niños y niñas presentan al menos una privación de derechos (educación, vivienda, alimentación, salud, saneamiento) y entre 25% y 30% sufre privaciones severas.
Sin embargo, hay algo aún más inquietante que los números actuales: su proyección. Un niño que crece en la pobreza tiene más probabilidades de abandonar la escuela, acceder a empleos precarios en la adultez, sufrir problemas de salud crónicos y reproducir el mismo ciclo de privaciones.
Pese a esta realidad abrumadora, el debate público suele girar en torno a décimas de variación, a comparaciones interanuales, a disputas metodológicas. Como si la discusión fuera técnica y no política. Como si el problema fuera cuánto baja la pobreza y no por qué nunca deja de ser masiva en la infancia.
En este contexto, la pobreza infantil no es sólo una fotografía social: es un mecanismo de reproducción de la desigualdad que parece perpetuarse.