80 años del 17 de octubre
LA CLASE OBRERA IRRUMPE EN LA ESCENA NACIONAL
Ochenta años después, el espíritu del 17 de octubre sigue latiendo en cada lucha por los derechos del pueblo. Aquel día, la dignidad obrera se hizo multitud y la historia argentina cambió de rumbo para siempre.
80 años del 17 de octubre
LA CLASE OBRERA IRRUMPE EN LA ESCENA NACIONAL
Ochenta años después, el espíritu del 17 de octubre sigue latiendo en cada lucha por los derechos del pueblo. Aquel día, la dignidad obrera se hizo multitud y la historia argentina cambió de rumbo para siempre.
«En esta obra, para mí sagrada, me pongo hoy al servicio del pueblo, y así como estoy dispuesto a servirlo con todas mis energías juro que jamás he de servirme de él para otra cosa que no sea su propio bien. Y si algún día, para despertar esa fe, ello es necesario, me incorporaré a un sindicato y lucharé desde abajo». Juan D. Perón, 10 de octubre de 1945
En junio de 1943, un nucleamiento de oficiales organizados en el Grupo Obra de Unificación (GOU) clausura el ciclo de entrega, corrupción y fraude conocido como la década infame. Consolidado el gobierno revolucionario, Juan Domingo Perón, por entonces un joven coronel proveniente del sector nacionalista del Ejército, comienza a promover una serie de acercamientos con las organizaciones sindicales desde el ignoto Departamento Nacional del Trabajo, al que más tarde convertirá en la dinámica Secretaría de Trabajo y Previsión.
Su singular recorrido biográfico, militar y formativo le permite a este coronel que bordea los 50 años ver en los trabajadores un actor insoslayable en la era de masas que se abre en el mundo e identificar -fruto del extravío de las izquierdas vernáculas- una notable vacancia en su representación política. A su vez, imbuido en la doctrina de “La Nación en Armas”, comprende que tanto la industrialización como la resolución de las postergaciones sociales son condiciones indispensables para el fortalecimiento de la defensa nacional. En suma, sabe que el nacionalismo, para cumplir sus fines, debe entroncar con lo popular.
De allí que, a partir del reconocimiento de importantes derechos sociales, laborales y organizativos (1), el vínculo entre una parte de la dirigencia sindical y Perón –que en lo sucesivo ocupará el Ministerio de Guerra, la mencionada Secretaría y la vicepresidencia- crece de modo zigzagueante pero ininterrumpido.
Para comprender esto es necesario recordar que, abandonando la rigurosa intransigencia de principios de siglo, las décadas del 20 y del 30 han visto crecer la influencia de corrientes político-gremiales más proclives -bajo el paraguas de la “neutralidad política”- a realizar tratativas con los gobiernos de turno y durante esos años, como explica Hiroshi Matsushita, buena parte de la dirigencia y de las bases obreras han ido forjando una conciencia nacional a raíz de los enfrentamientos con el capital británico que controla a la Argentina. Por otra parte, al compás del nuevo patrón de acumulación (industrialización por sustitución de importaciones) que desordenadamente brota de la crisis del año 30, se va reconfigurando el mapa sindical, dentro del cual pierden cierta importancia los gremios vinculados a la exportación y ganan relieve los manufactureros, de cuyo seno emerge el sindicato por rama de actividad como forma organizativa predominante.
Es así como, a partir de la confluencia de las dos vertientes históricas del criollaje gaucho que hizo la independencia y libró las guerras civiles –trabajadores y oficialidad de extracción popular-, junto con el aporte del proletariado hijo de la inmigración, una nueva Argentina se abre paso.
No puede sorprender que, ante el vertiginoso despliegue de las fuerzas nacional-populares, la oligarquía –con el desembozado liderazgo del embajador estadounidense, Spruille Braden- comience a oponer una resistencia feroz a las conquistas obreras y logre, el 9 de octubre de 1945, despojar al coronel Perón de sus cargos (2). Sin embargo, esta vez las y los trabajadores no se mantendrán al margen de los acontecimientos y producirán un vuelco inesperado.
Al día siguiente de su salida forzada, el coronel se despide de las y los obreros en un caluroso acto improvisado frente a la Secretaría de Trabajo y Previsión. Este hecho es sumamente relevante para lo que vendrá, ya que es la última instancia de contacto de Perón con las masas previo al 17 de octubre, mostrando una adhesión masiva -participan alrededor de 70.000 personas y es transmitido por la red oficial de radiodifusión del Estado- hacia su figura. A pesar de la situación objetiva de repliegue en la que se encuentran el coronel Perón y sus hombres y mujeres de confianza, el acto termina generando un impacto tal que modifica el escenario «palaciego» en el que se estaban dirimiendo los sucesos.
El 12 de octubre, quien hasta entonces era el hombre fuerte del régimen es detenido y conducido a la isla Martín García. Bastan pocas horas para que se echen a circular toda suerte de rumores y la confusión se apodere del país. El ala anglófila de las Fuerzas Armadas encabezada por el almirante Vernengo Lima comienza a ganar posiciones en el gobierno. Aníbal Villaflor, referente de las columnas gremiales que el día 17 llegarán al centro porteño desde Avellaneda y uno de los dirigentes sindicales que mantuvieron reuniones con el Gabinete Nacional, relata los entretelones de esas horas: :
[…] Al lado de Farrell había otro hombre con un uniforme raro, lleno de galones, que nos miraba con cara de asco, medio torcido. Era Vernengo Lima. -Miren -dijo Farrell […]- esto es muy serio. -Queremos la libertad del Coronel Perón -insistimos. […] -¿Quieren la libertad de Perón? ¿Quieren hablar con él? -Sí -le contestamos. Inmediatamente puso los medios necesarios para transportarnos a todos al Hospital Militar. Se portó bien Farrell…un gran hombre. […] (3)
Con Perón y el teniente coronel Mercante fuera del juego, los derechos conseguidos penden de un hilo. Para el día 15, algunos diarios informan que los ingenios tucumanos se hallan paralizados, pues la peonada de la zafra -organizada en la FOTIA- exige la libertad del ex secretario. En la noche del 16, se reúne el Comité Central Confederal de la Confederación General del Trabajo (CGT). Durante aquella ardua discusión, los representantes de la Unión Ferroviaria bregan por no arriesgar la autonomía de los sindicatos y confiar en la palabra del general Ávalos y del presidente Farrell –quienes aseguran que Perón no está detenido y que las conquistas obreras serán respetadas-, mientras la mayoría de los gremios manifiestan sus resquemores, arguyendo la composición marcadamente oligárquica del gabinete en ciernes y la resistencia de la patronal a cumplir con las disposiciones de la Secretaría de Trabajo. En defensa de esta posición, cumplen un rol fundamental el dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), Antonio Andreotti, y el representante de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) y ex forjista, Libertario Ferrari, quien “implacable y tenaz se mantuvo defendiendo la huelga general, dividiendo a su propia delegación que traía instrucciones en contra” (4). Tras cuatro horas de acalorado debate, por 16 votos contra 11 se decide el llamado a la huelga general para el día 18.
No obstante, lo establecido por la central, los hechos se precipitan y las masas laboriosas, provenientes de los rincones profundos e invisibles de la patria, ganan las calles el 17 de octubre, desbordando la Plaza de Mayo y sus alrededores, hasta allí un sitio reservado para las capas más acomodadas de la sociedad porteña. A todos los une un mismo grito: “¡Queremos a Perón!”. El historiador José María Rosa describe los motivos profundos de las familias trabajadoras que acuden a esa cita con la historia:
[…] En todo el país la gente se reúne para hacer lo que pueda por quien es su ídolo. No solamente los hombres, también sus mujeres y sus hijos. Ese coronel Perón había escuchado sus quejas y resuelto en la medida de lo posible sus aspiraciones. Pero no era solamente eso; lo material fue lo menos importante. Los había tratado de igual a igual como seres dignos. Los mensú de Misiones, los cañeros de Tucumán, los obrajeros del Chaco, los faenadores de Berisso, los obreros de las fábricas de Avellaneda y Quilmes, los artesanos de los barrios de Buenos Aires, los ferroviarios, los tranviarios, los operarios de las usinas eléctricas, los colectiveros, los canillitas, el pueblo entero de la República se sienten heridos por la prisión del coronel […]. (5)
Un rasgo fundamental de aquella histórica jornada, que permite comprender su masividad y el espíritu colectivo que la signó, fue el tipo de organización gremial de base, piedra angular de las movilizaciones fabriles que sacudieron al país. La organización en los lugares de trabajo se venía desarrollando con fuerza desde principios de la década del ’30, y son precisamente aquellos delegados/as, activistas sindicales o simplemente referentes de los colectivos de trabajadores en los establecimientos los que interpretaron cabalmente el sentir político y emocional de sus compañeros/as, y avivaron la llama de la movilización y paro en las fábricas desde el día 16. Por ejemplo, Raico Atanasoff, en ese entonces delegado textil, relata el rol concreto que desempeñaron los referentes gremiales en aquella oportunidad:
Yo era delegado general de la textil Duplex (San Martín). […] No todas fueron flores porque hubo lugares en los que se hacía difícil el acceso a la fábrica. Salimos de la textil, cinco o seis personas seríamos. Llegamos a la vuelta, a la fábrica de aceite Gallo. No tuvimos oposición. Dejaron gente que atendiera las calderas y todo el mundo afuera. Seguimos por San Martín y antes de llegar al puentecito de la entrada al radio urbano estaba Woitin y tenía muchísima gente trabajando. Cuando salimos a hablar con los delegados que estaban todos organizados, la guardia de arriba nos disparó unos tiros. Pero ya se había juntado mucha gente; 150 personas. Logramos que se serenara el ambiente, hablamos con los delegados y no quedó nadie en el lugar. (6)
Con estas palabras no pretendemos invisibilizar la notable actuación de gran parte de la dirigencia de muchos sindicatos de la Capital Federal, el conurbano o incluso en las provincias de nuestro país. Por el contrario, lo que planteamos es que la militancia sindical de base es el engranaje fundamental en el tránsito entre las estrategias y las acciones de los dirigentes -los debates suscitados, los diálogos con Mercante, la conformación de intersindicales, la proyección de realizar una huelga general- con los anhelos y las demandas de los trabajadores/as que vivían con especial intranquilidad aquellos días de octubre.
El resto es historia conocida. La formidable demostración de fuerza obliga al régimen a liberar a Perón y convocar elecciones libres. La noche cierra con un mensaje a la multitud del hombre que, en esa hora de la historia, concita la esperanza del pueblo humilde. Las y los trabajadores irrumpen por primera vez en la escena política argentina, dando origen a una nueva y perdurable identidad: el peronismo. El movimiento de liberación nacional desenrolla sus banderas, urdidas en los sótanos de FORJA (7), y se echa a andar con la clase obrera como gran protagonista.